lunes, 2 de mayo de 2011

Semana acontecida.

Luego de esta semana en la que el matrimonio, la beatificación y la muerte fueron protagonistas, recordé el párrafo más bello (realmente debería decir sublime) que yo haya leído de Kant.

La falsedad, la ingratitud, la injusticia, lo pueril en los fines que nosotros mismos tenemos por importantes, en cuya persecución los hombres se hacen también entre sí todo el daño imaginable, están en tal contradicción con la idea de lo que podrían ser si ellos quisieran, y se contrapone de tal modo al vivo deseo de verlos mejores, que para no odiarlos, pues no se les puede amar, la renuncia a todas las alegrías sociales parece ser solamente un sacrificio pequeño. Esta tristeza, no por los males que el destino impone a otros hombres, sino por los males que ellos mismos se hacen, es sublime porque reposa en ideas, mientras que la primera sólo puede valer como bella. (Kant, KU  §29).
Además, esa tristeza constata la disposición biológica de los seres humanos a ser mejores personas desde el punto de vista moral y a reconocerse en el otro hacia lo político, todo esto partiendo de la simple apreciación del espectáculo natural. Ahí está Kant en su estado más hippie y, desde mi punto de vista, más brillante. 

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