| Bergson - Le Rire |
Si un filósofo dedicado a la metafísica, lector de Einstein y ganador de un premio Nobel de literatura decide escribir un libro sobre la risa, no estaría de más pararle bolas. Me encontré hace dos años con Le Rire de Bergson en un curso sobre comedia francesa que recuerdo con mucho entusiasmo. Miguel Garzón, compañero de lucha cinematográfica, me regaló un par de dvds de Les Luthiers la misma semana en que revisé el texto de Bergson y un par de días después tuve un sueño cómico-musical, consecuencia de dicho encuentro. Fue así que volví a la pregunta: ¿por qué nos reímos?
Bergson se aproxima al problema de lo cómico desde la sociología, la psicología, la filosofía del arte e incluso la metafísica. Quizás la mejor manera de explicarlo sea a través de ejemplos.
Bergson describe algunos procedimientos clásicos en la ejecución de comedia: la repetición, la inversión y la interferencia de series. En los tres casos hay una mecanización de la vida en juego. La tesis principal de Le Rire es que la risa es un gesto social correctivo, es decir, que cuando nos reímos estamos señalando una falta de atención hacia la vida, una mecanización que tenemos que detener. Por ejemplo, si alguien está caminando y se tropieza y, al verlo, otro se ríe, entonces esa carcajada es un llamado de atención para que quien se tropieza se fije más en sus pasos. Sin embargo, en la comedia quien se tropieza lo hace deliberadamente y en este caso la risa del público no es una corrección al despiste del otro, sino un reconocimiento en el otro de la falta de atención en las acciones propias. Ni siquiera necesariamente en la falta de atención en la acción, sino en general en la mecanización de la vida. Un payaso haciendo de intelectual: acomodándose las gafas, subiendo una ceja, hablando con la boca de lado, reprobando al interlocutor, riendo con la boca cerrada, con las manos cruzadas; haciendo la caricatura del intelectual, de lo mecánico que se ha vuelto al actuar. Todos esos gestos los reconoce quien se ríe. Se revela en lo cómico lo robótico de su modus operandi vital. La danza de los panecillos de Chaplin es chistosa porque lo inanimado (los panes y tenedores) vuelve a la vida como las piernas de Chaplin : "Du mécanique plaqué sur du vivant", algo así como lo mecánico chapado sobre lo vivo, eso es en general lo cómico para Bergson. Ahora bien, ese revestimiento de lo mecánico llama la atención sobre la vida misma en la medida en que reconocemos a través de la animación de lo inerte el estado agónico de la vida. Dicho de otro modo, el grado de automatismo de lo viviente.
El procedimiento de la repetición: En Ya no te amo Raúl de Les Luthiers, el procedimiento cómico consiste en insistir una y otra vez, en el cambio de algo inmóvil. La obstinación de reescribir la canción de Guadalupe Luján que se devuelve cada vez con más fuerza, como si estuviera viva, a reclamarle a Daniel Rabinovich esos cambios. Una vez que se efectúa un golpe, el objeto inmóvil lo devuelve, como en la caja sorpresas (le diable à ressort) más o menos así:
Canción Daniel
Mi principe --> Mi princesa
Raúl --> Raula
En este punto de la repetición el encuentro va 2-0 a favor de la máquina, pero Rabinovich remonta a un 3- 2 al transformar sin devolución alguna por parte de la canción "dios" en "diosa", "bello" en "bella" y "divino" en "divina". De esperarse el as bajo la manga de la canción que sorprende a Daniel con un delicioso "masculina" que borra de ipso facto la sonrisa que tenía. 4 -3 a favor de la canción. Novia, amiga, amada y mi "marida": 6-6. Rostro barbuda, manos peludas. 8-6 Mamas peladas 8-7. Luego del bigote la goleada es inevitable doncello, ramero, cualquiero, el niño en las entrañas. Rabinovich es, en la imagen de Bergson, el niño que juega con la caja de sorpresas y ésta es a su vez la canción de Guadalupe Luján. El niño puede empujar el muñequito todo lo que quiera, pero el resorte nunca se va a cansar. Lo mecánico en este ejemplo es el uso del lenguaje.
La inversión también es un recurso de Les Luthiers en Ya no te amo Raúl. El procedimiento consiste simplemente en invertir el rol de dos personajes: en este caso el de Daniel y el de Guadalupe. Lo cómico del procedimiento, según Bergson, es que la libertad (que hace serio cualquier asunto humano), se desvanece en un juego de marionetas. El público sabe que cuando llevan a Rabinovich al escenario contra su voluntad, él tendrá que interpretar la canción de la mujer y conspira entonces junto a los demás Luthiers, se pone de su lado. La risa es en este caso aprobatoria. Todos queremos que haga el ridículo. Desprovisto de su libertad, que hace seria la vida, o dicho de otro modo, que hace humano un asunto, lo que queda es la mecanización de un personaje como si fuese una marioneta. En el video de Traffic de Jacques Tati en el que los parabrisas y los carros adoptan la personalidad y el estado vital del conductor sucede lo contrario: du vivant plaqué sur le mécanique. Este tipo de comedia (conocido con el nombre poco afortunado de Burlesque -por la referencia clásica del burlesque como el del Moulin Rouge) es mucho más explícito en su propósito de hacernos concientes de la mecanización de la vida con el objetivo de que nos liberemos del automatismo.
El tercer recurso es la interferencia de series. Lo cómico en este procedimiento es que la relación causa-efecto se trastoca. Una acción torpe o mínima como botar un papel al piso o querer abrir la alcancía (como en el video de Buster Keaton) puede ser el detonante de un efecto dominó que por lo general vuelve a donde comenzó. Nos reímos de algo que esa desproporción entre causa y efecto manifiesta, a saber, la organización mecánica de eventos de la vida diaria. Los tres procedimientos del quehacer cómico: repetición, inversión e interfefrencia de series, tienen el propósito de hacernos concientes de la vida misma y de nosotros en ella como algo más que autómatas sociales.
En El nombre de la rosa de Eco se habla de un supuesto libro de Aristóteles sobre la risa que había sido prohibido por la Iglesia porque revelaba una verdad devastadora para la moral cristiana: que no hay tal cosa como moral en general, es decir, que cualquier pretensión por un canon universal de comportamientos correctos es estéril. Aristóteles no pudo haber escrito un libro con esas pretenciones, pero es probable que algún griego haya pensado de esta manera (aventuro a un Heráclito). Más allá de si es posible o no que el libro exista, el problema con lo cómico para el abad en El nombre de la rosa es que la risa elimina el miedo y, por la misma vía, pone en peligro a la religión porque quién necesita de un Dios que nos salve de los males demoniacos que acechan a la humanidad cuando "el mal" es un concepto hilarante y vacío y el diablo es un albino ebrio en un triciclo. Se me ocurre la siguiente imagen: figúrese en compañía de su ser amado en una tormenta bogotana, están... viendo una película de miedo, oyéndola en todo caso, y se va la luz. Es de noche, no se ve nada salvo lo que ocasionalmente revela un rayo, los truenos no ayudan y hay una sombra sospechosa en la ventana. Entonces, usted se aferra a la mano ajena en un súbito ataque de terror y justo en ese momento la persona que lo acompaña suelta un pedo. Si eso no le convence, piense en un papá que regaña a sus hijos por el desorden del cuarto. El padre es payaso profesional y no se quitó su traje cuando llegó a la casa así que los hijos ríen a carcajadas mientra él grita "¿qué es este desorden? ¡Arreglen esto ya!". El miedo a un papá autoritario se desvanece en la carcajada al verlo con traje de payaso. Lo cómico nos permite hacernos libres de la automatización de la vida.
La comedia está en una frontera entre la vida y el arte. Entre la ficción y la realidad, operando como un desfibrilador de autoconciencia. Acaso los abades medievales de hoy en día son algunos miembros de estatutos gubernamentales que instauran sus propios paradigmas sociopolíticos. Vigilando que todos caigamos en la treta, que estemos siempre engañados bajo el velo de una ficción itinerante que satisfaga sus propios paradigmas de éxito y felicidad. Disponiéndonos a competir en una carrera hacia ninguna parte. Asesinando humoristas que ponen en jaque su castillo de naipes. ¿Habrá que morir de la risa, entonces, para vivir? Cuando menos, sí, hay que cagarse de la risa.
